Por Sebastián de la Nuez
hableconmigo.com, 29 de abril, 2018
Un lugar en Madrid convoca a los venezolanos de la diáspora para hablar de arte, artesanía, fotografía, libros y amistades reencontradas. En la tienda Cesta República, donde se habla criollo condimentado con laísmos, están presentes en estos días Isabel Cisneros y sus urdimbres
El ambiente de Cesta República, algunas de estas tardes de primavera, se parece al de Librería Lugar Común en Altamira. Hay una parentela como puente, una calidez criolla, una vitrina que te anuncia, desde la calle, que otra vez el sitio de Válgame Dios anda abarrotado. Hay que ver las similitudes que establece la gente cuando necesita un refugio que le recupere un clima.
Guillermo Barrios y Maitena de Elguezábal han asumido este oficio litúrgico del reencuentro en pleno corazón de la capital del Reino. Cesta República es el centro cultural de los venezolanos en Madrid. Antes que una tienda que vende preciosas piezas de artesanía latinoamericana o sala expositiva, parece el camarote de los hermanos Marx en Una noche en la ópera.
La Válgame Dios es estrecha y peatonal, en Chueca, cerca del mercado de San Antón. Una de las calles más madrileñas de Madrid. Enfrente hay una tienda genial que vende altavoces usados. En Madrid todavía puedes conseguir sitios insospechados con cosas recién bajadas de algún desván, y no solo en El Rastro.
En la Cesta, en estos días, el trabajo de Isabel Cisneros ha encajado de manera natural. Guillermo la presentó el jueves 26, primero explicó algo sobre esta firma de arquitectura y reformas cuyo frontis expresa el afecto de los profesionales que trabajan allí —en la trastienda, dibujando remodelaciones arquitectónicas— por la artesanía. Dijo que, al instalarse, se plantearon una vitrina hacia la calle. «Pensamos en un nombre, y claro, surgió Cesta República. Y nos dijimos que no solo nos ocuparíamos de la artesanía sino del nuevo arte venezolano, elegante, moderno, que se ha situado en el entramado, la urdimbre, la exploración de la retícula».
Nombró a Gego, por supuesto. Dijo que la trama y su urdimbre constituyen la marca de una generación de artistas plásticos venezolanos, la que representa Isabel Cisneros en esta ocasión: el tejido, la retícula, como fundamento de su trabajo. «Y nos ha interesado ese borde irresoluto entre artesanía y arte», agregó.
En la descripción que Isabel hace de su propio trabajo habla de una cinta continua como metáfora de la sucesión del tiempo; lo de ella es entramar recuerdos bajo diferentes formas utilizando hilos y botones. Anuda y fija para no olvidar. Tres de las piezas exhibidas en Cesta República aluden a recuerdos familiares cercanos y otras dos al pasado reciente de su país. El material, que ha permanecido guardado, luego tiende a mantenerse enrollado, «así que las piezas abrigan experiencias que les son propias y se expresan así, en sinuosidades».
El espectador se pone delante de uno de estos tejidos o retículas y se queda pensando en lo que la propia Isabel dijo: allí está representado un recuerdo familiar, del país, de su realidad.
Uno de los que ella propone como recuerdo del país semeja una red (quizás) urbana, un entramado de plazas y calles, un proyecto sobre el que falta humanidad… o nada más sea la representación de un tiempo detenido, estancado, donde la geometría de los días y los espacios se resuelve sin resolverse, como un crucigrama sin solución, tramposo. ¿Un llamado de alarma en silencio?
En la perfección de las equidistancias también puede haber una denuncia. Isabel es sobria, amable, paciente ante un fotógrafo desmañado (el que suscribe) y su mirada permanece atenta siempre. Debe haber un dolor soterrado en ese tejido (en todos los que exhibe) aun cuando uno solo observe armonía a primera vista. La paciencia con que ese objeto seguramente fue elaborado ha debido albergar un profundo desasosiego: ¿tejer para aliviar o espantar la angustia? Puede ser una lección de sobriedad, una carta de identidad de la entereza.

Tentóle luego la camisa, y, aunque ella era de arpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidro, pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol escurecía; y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada , a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación, de la misma traza y modo, lo que había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el malferido caballero vencida de sus amores, con todos los adornos que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena doncella no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura.
Tras ellas venía la condesa Trifaldi, a quien traía de la mano el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negra bayeta por frisar, que a venir frisada descubriera cada grano del grandor de un garbanzo de los buenos de Martos. La cola o falda , o como llamarla quisieren, era de tres punta s, las cuales se sustentaban en las manos de tres pajes asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemática figura con aquellos tres ángulos acutos que las tres punta s formaban; por lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella se debía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa «de las Tres Faldas»…

































