Brûzdam

Mary Martínez Torrealba, 2016

Bruzdan. Nadia Benatar e Isabel Cisneros.

La huella de la mano del artista es el milagro del tacto que sensibiliza la materia
Antoni Tapies

En el bordado existe una calidez que trasciende la hebra. En cada hilo, hay rastros de las manos que componen y bordan, hay huellas del tiempo que habita en la perfección del patrón. Bordar, verbo que proviene de la palabra germana Bruzdan y que refiere a todo aquel ornamento creado con bordaduras sobre una tela o material, es un ejercicio artesanal, una actividad táctil que en ocasiones se confunde con el tejido. Ambas técnicas, bordado y tejido, tienen la misma matriz: lo textil. Sin embargo, se distinguen desde el hacer en tanto el tejido produce un material como resultado de hilos entrelazados mientras que el bordado crea las figuras sobre un soporte. Tal distinción es primordial ante el encuentro de dos artistas de lenguajes distintos pero de naturalezas símiles.
Nadia Benatar e Isabel Cisneros transitan por entusiastas y prolíficas trayectorias dentro de las artes visuales. En esta ocasión, el bordado como premisa es nexo entre las propuestas e intereses de estas creadoras y de cómo cada una concibe la técnica y el proceso creativo. Desde sus investigaciones, cada una ha mantenido una relación muy cercana con el uso de los materiales donde la curiosidad innata junto con una destreza manual y sensible, recae siempre en el respeto por el oficio y por la memoria del material. Nadia, por un lado, logra atribuirle al acrílico, a guayas de uso industrial y al nylon de pesca, por ejemplo, una cualidad etérea de sutileza y precisión. Isabel, por su parte, escudriña entre botones, telas, flejes y patrones de costura para redimensionar la lectura y crear piezas de cualidad poética tangible. En ambas, como esta muestra lo afirma, ese dialogo con el material es incesante y depara en ellas una reciprocidad discursiva de gran interés. La transparencia y la prístina faz de los bordados con nylon sobre acrílico, que las piezas de Nadia revelan, son un puente hacia la impoluta composición sobre patrones para arquitectos que Isabel establece haciendo uso del papel como soporte inusitado para el hilo. Bordar entonces se redimensiona como técnica, se concibe como ejercicio manual que parte del afecto y de una sensibilidad y una lectura nueva de y hacia los materiales.
Así mismo, existe también otra dimensión de la técnica que une a estas artistas. En el bordado es imperativa la exactitud y el refinamiento en el resultado final, esto forma parte de la naturaleza del hacer y es una cualidad que se palpa además en ambas propuestas. Desde el uso eficaz del taladro en el caso de Nadia hasta la atinada aguja que usa Isabel, ambos instrumentos son referencia de ese pulso exacto del bordado, de esa perfección que se traza y que también se borda. Sin embargo, esa precisión no deja de dibujar las huellas de lo humano, del trabajo artesanal. En las piezas de Nadia, advertimos tenues dibujos sobre el acrílico que juegan con nuestra mirada. En las piezas de Isabel, notamos la sutileza del hilo y la forma cómo puede tensarse o distenderse dentro del patrón. Todo ello, son vestigios de un cuido sustancial y de un trabajo que lleva consigo el pausado compás que amerita y que hace posible, en palabras de Tapies, ese milagro del tacto que sensibiliza la materia.

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