La aguada de las buenas señales

LA AGUADA DE LAS BUENAS SEÑALES 
2021
Ensamblaje 
Madera, hierro cromado, plástico, agua destilada, silicato de sodio, colorantes de alimentos 
130 x 190 cm 

En su bitácora de viaje, Luis Pigafetta relata los avatares que vivieron los tripulantes de las cinco naos que salieron guiados por Fernando de Magallanes y Sebastián el Cano en su ruta hacia la búsqueda de las islas Molucas. La lectura de este texto me llevó a imaginar este trayecto como un gran recorrido flotante sobre una inmensa superficie horizontal. Esa superficie, salvando ciertas variables que son inevitables consecuencias de los aciertos y desaciertos de los avances de la humanidad, es casi tan desconocida como hace quinientos años. 

Los océanos son la sangre vital de la tierra y cubren trescientos sesenta millones de metros cuadrados, el setenta por ciento de su superficie. Son el mayor ecosistema del planeta. Por siglos, han jugado un vital e importante rol: fuente de alimento, transporte, comercio, desarrollo e inspiración.

Se sabe más de la topografía del fondo de los océanos que de las especies que viven el mar. Los océanos han sido mapeados por satélites, y sólo un veinte por ciento de ellos se ha medido con sonales, instrumentos de alta resolución. El otro ochenta por ciento restante permanece oculto, inexplorado. Los científicos estiman que existen entre setecientas mil y un millón de especies en los océanos, descontando microorganismos. Dos tercios de esta cantidad, o más, todavía no han sido descubiertas.

La sensación de incertidumbre crece si a este desconocimiento le sumamos que a partir de los 400 metros de profundidad la luz desaparece, la presión aumenta, el oxígeno baja y la temperatura desciende hasta 4 grados grados. 

Las Fosas Marianas es la profundidad más grande que se ha registrado hasta ahora, once mil treinta y cuatro metros, y se encuentran al este de las Islas del mismo nombre, en la parte noreste del Océano Pacífico. 

La flota pasó por ahí en marzo del 1521.

Imagino que hasta el más aventurero de los tripulantes se llenó de miedos y preguntas durante el trayecto. Ya de por sí salir a descubrir implica una mirada y un estado de atención abierto, curioso e inseguro a las nuevas maravillas y los inconvenientes.

Hoy, de la misma manera que lo hicieron ellos en 1520, los seres humanos nos movemos sobre la incertidumbre, lo desconocido, el riesgo, la sorpresa.

Quiero centrarme en esa enorme masa de agua que se encuentra entre el aire que respiramos y el fondo marino, ese fluido que indistintamente de las diferencias de profundidad y composición se nivela para generar una extensión misteriosa por la que nos podemos deslizar en un gesto similar al de los navegantes cinco siglos atrás.