Traslaciones. Epifanías de la materia en 14 movimientos

Lorena González

Cuando la artista Isabel Cisneros y yo comenzamos a intercambiar reflexiones sobre el proyecto que se estaba planteando para esta muestra, surgió de forma inevitable el comentario de referentes y dinámicas de elaboración relacionadas con las vitalidades ocultas de los elementos, pulsión que siempre ha estado presente en las diversas estrategias visuales abordadas por esta creadora desde sus inicios en el arte contemporáneo. En este caso especial, la tarea parecía más compleja, Isabel se enfrentaba a los ritmos vigorosos de todo aquello que comenzaba a suceder en la manipulación de un archivo de patrones de costura que le habían donado junto a la decisión de profundizar en sus intrincadas cadencias como el núcleo central para este nuevo cuerpo de trabajo. La donación creaba un extraño campo de revelaciones pues al tiempo que los elementos se conectaban con las secuencias perceptivas que le han acompañado en los territorios de la creación—los textiles, el material de desecho, las tramas de la costura o la tridimensionalidad inédita de elementos olvidados—, de algún modo esta materia también se volvía una veladura errante, elucubraciones de una historia posible, de un tiempo otro que emulsionaba en un documento ambiguo y ajeno. 

            Con el pasar de los meses el diálogo entre la artista y los elementos fue sucediendo y la aventura generó en armónicas deliberaciones, revelaciones insospechadas de una columna vertebral que comenzaba a encontrar sus propios sonidos. Poco a poco surgieron las formas: afluencias, remociones, mudanzas; trazas medulares que se abrían campo por aquellas líneas evanescentes de un patrón que al tiempo que agolpaba en sus proyecciones las posibilidades infinitas de la apariencia, era capaz de contener, tras la fachada de lo conocido, todas las marcas posibles de lo que no vemos. Fue entonces cuando los volúmenes se llenaron de partidas, transferencias y regresos. Los sonidos del papel reconstruyeron ignorados ecos y las ausencias iniciaron el levantamiento de otras dimensiones del material, silueteando las estrías de un retorno que se transformó en objetos modulares plenos de transparencia y opacidad, superpuestos o desplegados bajo los caminos estructurales del consenso, la opresión o la discrepancia de los fragmentos. Cuando la levedad de la línea sondeó el traslado final de los conjuntos, Isabel me confesó que los patrones le habían llevado a la inmersión en su propio epigrama personal, que al igual que esas cartografías trepidantes de quietud, donde se desplazan todas las formas posibles de un cuerpo textil que nos envuelve y abriga en algún momento de nuestra historia o de la historia de toda una sociedad, también ella se descubría conformada por las extensiones de muchos patrones imperceptibles y evanescentes que en el transcurso del tiempo han pespunteado las dimensiones de su propio cuerpo en vida.Entonces entendí lo que de forma involuntaria me ocurrió cuando al abordar este trabajo como curadora me remití a los juegos de mi infancia. Fue una trampa de la memoria que me trasladó a aquel momento lejano donde hurgaba palabras en el diccionario, las transcribía, observaba sus oscilaciones y quedaba viéndolas, pequeña y postrada ante la complejidad de aquellas grafías rasgando la blancura del papel y el vacío estridente de todo lo que podían construir en el infinito enlace de causas y consecuencias que albergan sus significados. De algún modo, lo mismo había sucedido con el proceso de estas visualidades que hoy resuenan en el espacio expositivo. Con equilibrio —mientras la artista las producía y yo intentaba leerlas, nombrarlas— las piezas nos llevaron al soplo de sus propios movimientos especiales, trazaron sin pausa la aparición de una sinfonía sobrecogedora y se volvieron las epifanías de una materia cuyas poéticas modularon recorridos indescriptibles. Ahora, son el gesto de esa evocación, briznas deshilachadas de una memoria flexible que sin saberlo nos captura y nos conforma, que invita a la mirada y a la retentiva velada del cuerpo físico que las observa, a detenerse sobre la mudanza permanente del mundo, la vida y el tiempo. Frente a las variaciones de este ciclo constante de presencias y deserciones, y en espacios vertiginosos donde las señales huyen a través de veloces formaciones globales imposibles de atrapar para los sentidos, la artista ha levantado los acordes vinculantes de una partitura profunda, a un tiempo breve y trascendental: la manifestación de la obra de arte como el reflejo único de ese susurro imposible.